SEMANA 5  

 

Orientación: Recuerda que esto es para prepararte para consagrarte a la Virgen María, por lo mismo es importante que la invoques con asiduidad y que sea la Madre tu modelo y tu guía en este camino.

 

TEMA:

“Con María y los apóstoles en el cenáculo” 

 

Te damos un texto bíblico que es el que marcará la semana:

 

"Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos... Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse". (Hch 1, 14 y 2,1-4)

 


Texto de Juan Pablo II

 

“haced lo que él os diga… La Madre de Cristo se presenta ente los hombres como portavoz de la voluntad del hijo” (RM 21)

 

Durante la semana al texto del Evangelio acompañarás con un salmo:

 

LUNES

SALMO 27 (26)

MARTES

SALMO 33 (32)

MIERCOLES

SALMO 54 (53)

JUEVES

SALMO 97 (96)

VIERNES

SALMO 104 (103)

SABADO

SALMO 113 (112)

DOMINGO

SALMO 127 (126)


UNA ORACIÓN:

Ven Espíritu Santo

y envía desde el cielo

un rayo de tu luz.

Ven Padre de los pobres,

ven a darnos tus dones,

ven a darnos tu luz.

Consolador lleno de bondad,

dulce huésped del alma,

suave alivio para el hombre.

Descanso en el trabajo,

templanza en las pasiones,

alegría en nuestro llanto.

Penetra con tu santa luz

en lo más íntimo

del corazón de tus fieles.

Sin tu ayuda divina

no hay nada en el hombre,

nada que sea inocente.

Lava nuestras manchas,

riega nuestra aridez,

cura nuestras heridas.

Suaviza nuestra dureza,

enciende nuestra frialdad,

corrige nuestros desvíos.

Concede a tus fieles,

que en ti confían,

tus siete sagrados dones.

Premia nuestro esfuerzo,

salva nuestras almas,

danos la eterna alegría.

O BIEN:

 

Oh Dios, Padre amado, escucha nuestra súplica

e ilumina nuestra inteligencia con la gracia del Espíritu Santo,

para que sepamos servirte y anunciarte.

Oh Dios, Amor infinito, purifica nuestros corazones,

con el amor de tu Santo Espíritu, para que te amemos

con todo nuestro ser y sobre todas las cosas. Amén

 

o bien:

 

Abba, Padre, que en tu designio de amor quisiste que el acontecimiento de la encarnación de tu Hijo se hiciera permanentemente presente en tu Iglesia, Cuerpo de Cristo; concédenos el Espíritu y haz que aprendamos de María cómo acoger tu palabra, cómo interiorizarla, cómo cumplir en toda tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

 

PROPROSITO SEMANAL:

 

Con María ser testigos del Cristo con pequeños gestos de amor a los que nos rodean

 

Otro texto para leer:

Nuestro destino materno

El significado profundo de la maternidad espiritual

consiste, repetimos, en que María sea de nuevo Madre

de Jesucristo en nosotros. Toda madre gesta y da a luz.

La Madre de Cristo gesta y da a luz a Cristo. Maternidad

espiritual significa que María gesta a Cristo y lo da a

luz en nosotros y a través de nosotros.

En una palabra, nacimiento de Cristo significa que

nosotros encarnamos y «damos a luz» —transparentamos—

al Cristo existencia, permítaseme la expresión, a

aquel mismo Jesucristo tal como en su existencia terrena

sintió, actuó y vivió. Jesucristo —la Iglesia— nace y

crece en la medida en que los sentimientos y comportamientos,

reacciones y estilo de Cristo aparecen a través

de nuestra vida.

Tenemos, pues, un destino «materno»: gestar y dar

a luz a Jesucristo. La Iglesia «es» Jesucristo. El crecimiento

de la Iglesia es proporcional al crecimiento de

Jesucristo. Pero el Cristo Total no crece por yuxtaposición.

Quiero decir: la Iglesia no es «más grande» porque

tengamos tantas instituciones, centros misionales o sesiones

de catequesis.

La Iglesia tiene una dimensión interna que es fácil

de perder de vista. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo o

el Cristo Total. Y la Iglesia crece por dentro y desde

dentro por asimilación interior. Contemplada en profundidad,

a la Iglesia no se la puede reducir a estadísticas

o proporcionalidades matemáticas: por ejemplo, la Iglesia

no es «más grande» porque hayamos hecho setecientos

matrimonios y dos mil bautizos. La Iglesia es el

Cristo Total. Y Jesucristo crece en la medida en que

nosotros reproducimos su vida en nosotros.

En la medida en que nosotros encarnamos la conducta

y actitudes de Cristo, el Cristo Total avanza hacia

su plenitud. Es sobre todo con nuestra vida más que

con nuestras instituciones como impulsamos a Cristo a

un crecimiento constante. Porque Dios no nos llamó desde

la eternidad principalmente para transformar el mundo

con la eficacia y la organización, sino «para ser conformes

a la figura de su Hijo» (Rom 8,29).

 

María dará a luz a Cristo en nosotros en la medida

en que nosotros seamos sensibles, como Cristo, por todos

los necesitados de este mundo; en la medida en que

vivamos como aquel Cristo que se compadecía y se identificaba

con la desgracia ajena, que no podía contemplar

una aflicción sin conmoverse, que dejaba de comer o de

descansar para poder atender a un enfermo, que no sólo

se emocionaba, sino que solucionaba... La Madre es aquella

que debe ayudarnos a encarnar a ese Cristo vivo sufriendo

con los que sufren, a fin de vivir nosotros «para»

los demás y no «para» nosotros mismos.

 

María dará a luz a Cristo en nosotros en la medida '

en que tratemos de ser, como Cristo, humilde y paciente;

en la medida en que reflejemos aquel estado de ánimo,

de paz, dominio de sí, fortaleza y serenidad; cuando procedamos

como Cristo ante los jueces y acusadores, con

silencio, paciencia y dignidad; cuando sepamos perdonar

como El perdonó; cuando sepamos callar como El

calló; cuando no nos interese nuestro propio prestigio

sino la gloria del Padre y la felicidad de los hermanos;

cuando sepamos arriesgar nuestra piel, al comportarnos

con valentía y audacia como Cristo, cuando están en juego

los intereses del Padre y de los hermanos; cuando seamos

sinceros y veraces, como lo fue Cristo, ante amigos

y enemigos, defendiendo la verdad aun a costa de la vida...

María será verdaderamente nuestra Madre en la medida en

que nos ayude a encarnar a este Cristo pobre y humilde.

 

María dará a luz a Cristo en nosotros, en la medida

en que vivamos despreocupados de nosotros mismos y preocupados

de los demás, como Jesús, que nunca se preocupó

de sí mismo, sin tiempo para comer, para dormir o

para descansar; en la medida en que seamos como Cristo

que se sacrificó a sí mismo sin quejas, sin lamentos, sin

amarguras, sin amenazas, y al mismo tiempo dio esperanza

y aliento a los demás; en la medida en que amemos como

Cristo amó, inventando mil formas y maneras para expresar

ese amor, entregando su vida y su prestigio por sus

«amigos»; si pasamos por la vida, como Jesús, «haciendo

el bien a todos». ¿En qué consiste la maternidad espiritual

de María? En que la Madre nos ayude a encarnar,

gestar y nacer en nosotros este Cristo que amó hasta el

extremo.

 

María será para nosotros la verdadera Madre si nos

esforzamos por tener su delicadeza fraterna: acto seguido

de la anunciación, va la Madre rápidamente a felicitar a

Isabel y a ayudarla en las tareas domésticas de los días

prenatales; si copiamos aquella su delicadeza en Cana,

atenta y preocupada por todo, como si se tratara de su

propia familia; súper delicadeza la suya, en la misma escena,

al no comentar con nadie la deficiencia del vino, al

no informar al anfitrión para evitarle un momento de rubor,

y mayor delicadeza todavía al pretender arreglar

todo sin que nadie se diera cuenta; delicadeza también

con su propio Hijo al evitar ante los demás la impresión

de una situación conflictiva por la respuesta del Hijo,

cuando dice a los empleados: haced lo que El os diga;

su delicadeza en Cafarnaúm, cuando en lugar de entrar

en casa y saludar al Hijo con orgullo materno, golpea

la puerta y queda fuera, esperando ser recibida por el

Hijo...

De esta manera María da a luz a Cristo a través de

nosotros, cumplimos nuestro destino materno, y Cristo

es cada vez «mayor».

                            P Ignacio Larrañaga



















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