SEMANA 3   

 

Orientación: Recuerda que esto es para prepararte para consagrarte a la Virgen María, por lo mismo es importante que la invoques con asiduidad y que sea la Madre tu modelo y tu guía en este camino.

 

TEMA: 

 

QUE JESÚS SEA EN CENTRO DE NUESTRA VIDA

COMO FUE EL CENTRO DE LA VIDA DE MARÍA Y

EL CENTRO DEL PESEBRE EN BELÉN

 

Te damos un texto bíblico que es el que marcará la semana:

 

Evangelio de San Lucas 2, 1-7:  Por aquellos días Augusto César decretó que se levantara un censo en todo el imperio romano.  (Este primer censo se efectuó cuando Cirenio gobernaba en Siria). Así que iban todos a inscribirse, cada cual a su propio pueblo.

 

También José, que era descendiente del rey David, subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a Judea. Fue a Belén, la Ciudad de David, para inscribirse junto con María su esposa.  Ella se encontraba encinta y, mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo. 7 Así que dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.
 

Texto de Juan Pablo II

 

María se conforma a los caminos de Dios en penumbra de la fe, aceptando con corazón abierto todo lo que Él dispone" (RM 14)

 

Durante la semana al texto del Evangelio acompañarás con un salmo:

LUNES

SALMO 11 (10)

MARTES

SALMO 23 (22)

MIERCOLES

SALMO 42 (41)

JUEVES

SALMO 85 (84)

VIERNES

SALMO 104 (103)

SABADO

SALMO 121 (120)

DOMINGO

SALMO 146 (145)

UNA ORACIÓN:

 

¡Oh Jesús, Sabiduría eterna y encarnada!, ¡verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo único del Padre Eterno y de María, ¡siempre virgen! Te adoro en la gloria del Padre, durante la eternidad y en el seno virginal de María, tu Madre, en el tiempo de tu Encarnación.

 

Te doy gracias porque has venido al mundo –hombre entre los hombres y servidor del Padre– para librarme de la esclavitud del pecado.

 

Te alabo y glorifico Señor, porque has vivido en obediencia amorosa a María, para hacerme fiel discípulo suyo.

 

Te saludo, pues, oh María Inmaculada, templo viviente de Dios: en ti ha puesto su morada la Sabiduría Eterna para recibir la adoración de los ángeles y de los hombres. Te saludo, oh Reina del cielo y de la tierra. Te saludo, refugio seguro de los pecadores: todos experimentan tu gran misericordia. Amen

 


O bien

Toma, Señor, recibe mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad.

Todo mi haber y poseer. Tú me lo diste, a ti Señor lo torno.

Todo es tuyo, dispón de ello conforme a tu voluntad.

Dame tu amor y tu gracia que con eso me basta.  Amén (oración de san Ignacio de Loyola

 

PROPROSITO SEMANAL:

 

CONTINUAMENTE REPETIR EN EL CORAZÓN COMO LO HIZO MARÍA: “Ven Señor Jesús”

 

Otra lectura:

Dar a Dios un lugar..

Si la esclavitud consiste en la idolatría (egolatría), todo

el problema de la liberación está en desplazar al «dios-yo»

y suplantarlo por el verdadero Dios. La salvación consiste

en que Dios sea mi Dios. Para eso, tiene que desplomarse

todo ese mundo de deseos, sueños y quimeras que han brotado

en torno al ídolo «yo» y que, además, lo engendran y lo

aureolan. Es necesario arrasar, limpiar y vaciar el interior del

hombre de todas las «apropiaciones» absolutizadas y divinizadas

y que, en su lugar, Dios tome posesión y despliegue allí

su santo Reino.

La línea de la liberación pasa, pues, por el meridiano

de la «pobreza y humildad de nuestro Señor Jesucristo»

(san Francisco).

«Al pobre que está desnudo lo vestirán; y al alma que

se desnudare de sus apetitos, quereres y no quereres, la

vestirá Dios de su pureza, gusto y voluntad» (1).

Sólo el sendero de las «nadas» (liberación absoluta, desnudez

total) nos ha de conducir a la cumbre del todo que

es Dios. «De todo lo que no es Dios se ha de vaciar el alma

para ir a Dios» (2).

El único ídolo que de verdad puede disputar palmo a

palmo el reinado de Dios sobre el corazón del hombre es

el hombre mismo. En conclusión, o se retira el uno o se

retira el otro porque los dos no pueden gobernar al mismo

tiempo en un mismo territorio. «No podéis servir a dos

señores» (Mt 6,24).

Si la liberación consiste en que Dios sea Dios en nosotros,

y el único «dios» que puede impedir ese reino es el

«dios-yo», llegamos a la conclusión de que el Reino, a través

de la Biblia, es una disyuntiva excluyente: o Dios o el

hombre; entendiéndose por hombre el «hombre viejo» enroscado

sobre sí mismo, con sus locas ansias de dominación,

de apropiarse de todo y de exigir todo honor y toda adoración.

Cuando el interior del hombre está liberado de intereses,

propiedades y deseos, Dios puede hacerse presente allí

sin dificultad. En cambio, en la medida en que nuestro interior

está ocupado por el egoísmo, entonces no hay lugar

allí para Dios. Es un territorio ocupado.

                            P Ignacio Larrañaga

 





 

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