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Domingo
nació en España, en Caleruega, en torno al año 1170. Pertenecía a una noble
familia de Castilla la Vieja
y, con el apoyo de un tío sacerdote, se formó en una célebre escuela de
Palencia. Se distinguió en seguida por el interés en el estudio de la Sagrada Escritura
y por el amor a los pobres, hasta el punto de vender los libros, que en su
tiempo constituían un bien de gran valor, para socorrer, con lo obtenido, a las
víctimas de una carestía.
Ordenado
sacerdote, fue elegido canónigo del cabildo de la catedral en su diócesis de
origen, Osma. Aunque este nombramiento podía representar para él cierto motivo
de prestigio en la Iglesia
y en la sociedad, no lo interpretó como un privilegio personal, ni como el
inicio de una brillante carrera eclesiástica, sino como un servicio que debía
prestar con entrega y humildad. ¿Acaso no existe la tentación de hacer carrera
y tener poder, una tentación de la que no están inmunes ni siquiera aquellos
que tienen un papel de animación y de gobierno en la Iglesia? Lo recordé hace
algunos meses, durante la consagración de cincos obispos: "No
buscamos poder, prestigio, estima para nosotros mismos. (...) Sabemos cómo las
cosas en la sociedad civil, y no raramente también en la Iglesia, sufren por el
hecho de que muchos de aquellos a quienes les ha sido conferida una
responsabilidad trabajan para sí mismos y no para la comunidad
El obispo de Osma, que se llamaba Diego, un
pastor auténtico y celoso, notó muy pronto las cualidades espirituales de
Domingo, y quiso contar con su colaboración. Juntos se dirigieron al norte de
Europa, para realizar misiones diplomáticas que les había encomendado el rey de
Castilla. Durante el viaje, Domingo se dio cuenta de dos enormes desafíos que
debía afrontar la Iglesia
de su tiempo: la existencia de pueblos aún sin evangelizar, en los
confines septentrionales del continente europeo, y la laceración religiosa que
debilitaba la vida cristiana en el sur de Francia, donde la acción de algunos
grupos herejes creaba desorden y alejamiento de la verdad de la fe. Así, la
acción misionera hacia quienes no conocen la luz del Evangelio, y la obra de
nueva evangelización de las comunidades cristianas se convirtieron en las metas
apostólicas que Domingo se propuso conseguir. Fue el Papa, al que el obispo
Diego y Domingo se dirigieron para pedir consejo, quien pidió a este último que
se dedicara a la predicación a los albigenses, un grupo hereje que sostenía una
concepción dualista de la realidad, es decir, con dos principios creadores
igualmente poderosos, el Bien y el Mal. Este grupo, en consecuencia,
despreciaba la materia como procedente del principio del mal, rechazando
también el matrimonio, hasta negar la encarnación de Cristo, los sacramentos en
los que el Señor nos "toca" a través de la materia, y la resurrección
de los cuerpos. Los albigenses estimaban la vida pobre y austera —en este
sentido eran incluso ejemplares— y criticaban la riqueza del clero de aquel
tiempo. Domingo aceptó con entusiasmo esta misión, que llevó a cabo
precisamente con el ejemplo de su vida pobre y austera, con la predicación del
Evangelio y con debates públicos. A esta misión de predicar la Buena Nueva dedicó el
resto de su vida. Sus hijos realizarían también los demás sueños de santo
Domingo: la misión ad gentes, es decir, a aquellos que aún no conocían
a Jesús, y la misión a quienes vivían en las ciudades, sobre todo las
universitarias, donde las nuevas tendencias intelectuales eran un desafío para
la fe de los cultos.
Este gran santo nos recuerda que en el
corazón de la Iglesia
debe arder siempre un fuego misionero, que impulsa incesantemente a llevar el
primer anuncio del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva
evangelización: de hecho, Cristo es el bien más precioso que los hombres
y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen derecho a conocer y amar. Y
es consolador ver cómo también en la
Iglesia de hoy son tantos —pastores y fieles laicos, miembros
de antiguas Órdenes religiosas y de nuevos movimientos eclesiales— los que con
alegría entregan su vida por este ideal supremo: anunciar y dar
testimonio del Evangelio.
A
Domingo de Guzmán se asociaron después otros hombres, atraídos por la misma
aspiración. De esta forma, progresivamente, desde la primera fundación en
Tolosa, tuvo su origen la Orden
de Predicadores. En efecto, Domingo, en plena obediencia a las directrices de
los Papas de su tiempo, Inocencio III y Honorio III, adoptó la antigua Regla de
san Agustín, adaptándola a las exigencias de la vida apostólica, que lo
llevaban a él y a sus compañeros a predicar trasladándose de un lugar a otro,
pero volviendo después a sus propios conventos, lugares de estudio, oración y
vida comunitaria. De modo especial, Domingo quiso dar relevancia a dos valores
que consideraba indispensables para el éxito de la misión evangelizadora:
la vida comunitaria en la pobreza y el estudio.
Ante todo, Domingo y los Frailes Predicadores
se presentaban como mendicantes, es decir, sin grandes propiedades de terrenos
que administrar. Este elemento los hacía más disponibles al estudio y a la
predicación itinerante y constituía un testimonio concreto para la gente. El
gobierno interno de los conventos y de las provincias dominicas se estructuró
sobre el sistema de capítulos, que elegían a sus propios superiores,
confirmados después por los superiores mayores; una organización, por tanto,
que estimulaba la vida fraterna y la responsabilidad de todos los miembros de
la comunidad, exigiendo fuertes convicciones personales. La elección de este
sistema nació precisamente del hecho de que los dominicos, como predicadores de
la verdad de Dios, debían ser coherentes con lo que anunciaban. La verdad
estudiada y compartida en la caridad con los hermanos es el fundamento más
profundo de la alegría. El beato Jordán de Sajonia dice de santo Domingo:
"Acogía a cada hombre en el gran seno de la caridad y, como amaba a todos,
todos lo amaban. Se había hecho una ley personal de alegrarse con las personas
felices y de llorar con aquellos que lloraban" (Libellus de principiis
Ordinis Praedicatorum autore Iordano de Saxonia, ed. H.C. Scheeben, [Monumenta
Historica Sancti Patris Nostri Dominici, Romae, 1935]).
En segundo lugar, Domingo con un gesto
valiente, quiso que sus seguidores adquirieran una sólida formación teológica,
y no dudó en enviarlos a las universidades de la época, aunque no pocos
eclesiásticos miraban con desconfianza a esas instituciones culturales. Las
Constituciones de la Orden
de Predicadores dan mucha importancia al estudio como preparación al
apostolado. Domingo quiso que sus frailes se dedicasen a él sin reservas, con
diligencia y piedad; un estudio fundado en el alma de cada saber teológico, es
decir, en la Sagrada
Escritura, y respetuoso de las preguntas planteadas por la
razón. El desarrollo de la cultura exige que quienes desempeñan el ministerio
de la Palabra,
en los distintos niveles, estén bien preparados. Exhorto, por tanto, a todos,
pastores y laicos, a cultivar esta "dimensión cultural" de la fe,
para que la belleza de la verdad cristiana pueda ser comprendida mejor y la fe
pueda ser verdaderamente alimentada, fortalecida y también defendida. En este
Año sacerdotal, invito a los seminaristas y a los sacerdotes a estimar el valor
espiritual del estudio. La calidad del ministerio sacerdotal depende también de
la generosidad con que se aplica al estudio de las verdades reveladas.
Domingo,
que quiso fundar una Orden religiosa de predicadores-teólogos, nos recuerda que
la teología tiene una dimensión espiritual y pastoral, que enriquece el alma y
la vida. Los sacerdotes, los consagrados y también todos los fieles pueden
encontrar una profunda "alegría interior" al contemplar la belleza de
la verdad que viene de Dios, verdad siempre actual y siempre viva. El lema de
los Frailes Predicadores —contemplata aliis tradere— nos ayuda a
descubrir, además, un anhelo pastoral en el estudio contemplativo de esa
verdad, por la exigencia de comunicar a los demás el fruto de la propia
contemplación.
Cuando Domingo murió,
en 1221, en Bolonia, la ciudad que lo declaró su patrono, su obra ya había
tenido gran éxito. La Orden
de Predicadores, con el apoyo de la Santa Sede, se había difundido en muchos países
de Europa en beneficio de toda la Iglesia. Domingo fue canonizado en 1234, y él
mismo, con su santidad, nos indica dos medios indispensables para que la acción
apostólica sea eficaz. Ante todo, la devoción mariana, que cultivó con ternura
y que dejó como herencia preciosa a sus hijos espirituales, los cuales en la
historia de la Iglesia
han tenido el gran mérito de difundir la oración del santo rosario, tan
arraigada en el pueblo cristiano y tan rica en valores evangélicos, una
verdadera escuela de fe y de piedad. En segundo lugar, Domingo, que se hizo
cargo de algunos monasterios femeninos en Francia y en Roma, creyó hasta el
fondo en el valor de la oración de intercesión por el éxito del trabajo
apostólico. Sólo en el cielo comprenderemos hasta qué punto la oración de las
monjas de clausura acompaña eficazmente la acción apostólica. A cada una de
ellas dirijo mi pensamiento agradecido y afectuoso.
Link para ver el
video de esta enseñanza del Papa:
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2010/documents/hf_ben-xvi_aud_20100203_sp.html
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